EL INTERROGATORIO·Edición #006 · Miércoles·8 min de lectura

"Quebré dos veces antes de los 35. La segunda vez fue mi culpa y lo sabía mientras pasaba."

Rodrigo fundó tres empresas. Dos quebraron. Una vale hoy más de 40 millones de pesos. Esta es la conversación que no da en podcasts de emprendimiento.

Rodrigo prefirió no dar su apellido. Lleva doce años construyendo negocios en CDMX. Nos reunimos en una cafetería en la Colonia del Valle. Llegó sin laptop, sin deck, sin nada que vender. Eso ya dijo algo.

"¿Cuándo supiste que el primer negocio iba a quebrar?"

Seis meses antes de que pasara. Lo sabía en los números, lo veía en las conversaciones con el banco, lo sentía en cómo mis socios evitaban ciertos temas en las juntas. Pero seguimos operando como si no pasara nada porque nadie quería ser el primero en decirlo en voz alta.

Eso es lo que nadie te cuenta del fracaso empresarial: rara vez es una sorpresa. Generalmente es algo que todos en la sala ya saben y nadie está dispuesto a nombrar.

"¿Y el segundo?"

El segundo fue diferente y peor. El primero fue ingenuidad —no sabíamos lo que no sabíamos. El segundo fue arrogancia. Ya había pasado por una quiebra, creía que eso me había comprado sabiduría suficiente para no repetirlo.

Cometí exactamente los mismos errores con más dinero en juego y más gente que dependía de mí. Eso sí duele diferente.

"¿A quién le fallaste que todavía no puedes olvidar?"

Tenía una empleada que llevaba cuatro años con nosotros. Fue la primera en creer en el negocio cuando nadie más creía. Le prometí, no explícitamente pero sí con mis acciones, que este era un lugar seguro para construir su carrera. Cuando cerramos, tenía 38 años, dos hijos y tuvo que empezar de cero.

No la veo desde entonces. No sé si es porque ella no quiere verme o porque yo no quiero verla. Probablemente las dos cosas.

"¿Qué hiciste diferente la tercera vez?"

Contraté a gente más inteligente que yo antes de tener el dinero para pagarles bien. Les ofrecí equity real, no el equity simbólico que da la mayoría de los fundadores para no soltar control. Y aprendí a distinguir entre los problemas que resuelves con más dinero y los que resuelves con mejores decisiones. La mayoría de los empresarios mezclan los dos y tiran dinero en problemas que son de decisión.

"¿Qué consejo nunca darías?"

"Sigue tu pasión." Es el peor consejo que existe para alguien que quiere construir un negocio. La pasión no paga nómina. La pasión no negocia con proveedores. La pasión no te ayuda a tomar decisiones difíciles a las 11 de la noche cuando tienes que elegir a quién no le pagas este mes.

Lo que sí funciona es respeto por el problema que estás resolviendo. No tiene que emocionarte. Tiene que importarte lo suficiente para seguir cuando deja de ser divertido. Y siempre deja de ser divertido.

"¿Qué está mal en cómo CDMX habla de emprendimiento?"

Que celebramos el fundraising como si fuera el logro. Levantar capital no es ganar, es endeudarte con mejores términos. El logro es construir algo que funcione sin necesitar más capital.

Tenemos una cultura donde el fundador que levantó tres millones de dólares en seed es más respetado que el que lleva ocho años construyendo un negocio rentable sin haber tomado un peso externo. Eso está completamente al revés y distorsiona los incentivos de toda una generación de emprendedores.

Rodrigo terminó su café, pagó la cuenta antes de que yo pudiera hacerlo, y salió sin mirar el teléfono. Eso también dijo algo.

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